viernes, 5 de diciembre de 2008

Recuerdo de una mañana colegial


Recuerdo de una mañana colegial

Por: Suricato

Frías mañanas, nunca terminé realmente de adaptarme a una educación de primer orden, le había seguido la pista a todo aquello y lo había deseado intensamente, sí, era el desafío de estar en Buenos Aires. Apenas y tendría 15 años, lo había proyectado desde los 12... Aquel era el lugar donde el sol nunca calentaba realmente -al menos no en mi interior- y de una forma inútil intentaba exponerme a los nacientes rayos de la mañana. Lejos de mi familia que lo había sacrificado todo, a modo de internado, iniciábamos actividades desde muy temprano y la jornada sería muy larga ante mi percepción aún de joven.

El paso de las 7:00 am a las 10:00 am me resultaba un poco reconfortante en tanto sabía que había cumplido con mi primer bloque de lecciones y que seguía ahí, ¡presente! No, no era común y esa aventura y apenas la había comenzado hacía poco, no estaba acostumbrado a combatir, tampoco pensaba regatear, casi sin ser consciente había asimismo superado a muchos para estar ahí -nunca me creí lo de la crema y nata, tan solo deseaba estar ahí y lo obtuve- y ahora me cuestionaba el para qué de todo aquello.

Tenía lecciones de matemática, de física y de química a esa hora, creo que siempre me agarraban adormecido pues me había desvelado inútilmente intentando retener toneladas métricas de información nueva para mí. La gran mansión albergaba unos 45 estudiantes en total de los dos niveles y tal vez por eso me parecía contradictoriamente chiquitica y estrecha, algunos de mis compañeros gustaban de ir al sótano durante los cortos recreos para dedicarse al ping-pong, los menos se iban a los ordenadores a hacer lo que fuera, en tanto que las pocas chicas que había aprovechaban para ir a comprar algo al abastecedor de la esquina e intentar desentumirse un poco y yo por mi parte amaba la soledad del patiecito donde sentado en el césped intentaba acurrucarme en los brazos del viento y retener tontamente todas las enseñanzas de mis mentores, nadie entendía por qué yo hacía eso.

En alguna ocasión un compañero irrumpió en mi sitió predilecto y se quedó asombrado de mi comunión con la naturaleza... ¡qué tiempos aquellos! Los pajarillos se aproximaban a mí sin el mínimo temor ante la mirada atónita de mi colega de grado. Lo que nunca supo ese compañero es que yo buscaba ese lugar porque me recordaba la tranquilidad de mi casa y de mi ventana distantes, ese bosque encantado al que prácticamente había tenido que renunciar para estar ahí, con todos ellos, tampoco imaginaría ninguno de ellos que yo creaba imágenes visuales de mi profesor de matemática vestido como un griego dibujando círculos en el piso y pasaba imaginando una inscripción en la entrada de ese sitio que dijera “nadie ose entrar aquí, si no sabe matemática”...miles de reflexiones en ese, mi sueño de invierno.

Éramos... ¡como las Naciones Unidas! exclamó en tono de exaltación una compañera israelí -un poco extrovertida por cierto- en un día de tantos donde todo el mundo se soltó a reír porque lo dijo con ese acento de asombro, que era inevitable no hacerlo. Y sí, la verdad era que sí: alemanes, peruanos, griegos, españoles, argentinos, chinos, taiwaneses, nicaragüenses, estadounidenses, mexicanos, costarricenses, italianos, dominicanos, en fin... Todos coexistíamos como en un desfile de titanes y de titanes minúsculos bajo una misma idea, bajo un mismo ideal y atravesando tal vez las mismas dificultades cotidianas y las mismas inquietudes.

Un día estábamos esperando a que dieran las acostumbradas 7:00 am, como siempre, yo vagaba entre mis pensamientos nostálgicos y silenciosos, los pájaros cantaban en manada dirigiéndose hacia los árboles circundantes creando un gran escándalo a su paso y una chica del grado superior llegó a saludar a todos, como hasta la fecha yo era un poco reacio a socializar nunca había cruzado palabra con ella, pero en realidad me llevaba relativamente bien con la gente, o al menos pensaban que yo era un poco tímido y de ahí que me tuvieran cierta simpatía -el caso es que nunca nos negábamos algún favor, tal vez porque sabíamos que estábamos solos en esas tierras, contra el mundo-, o simplemente porque tenían que tenerla.

Su nombre era Joanna y se sentó a la par mía, puso su mano en mi rodilla y me dio un beso en la mejilla al tiempo que dijo: “sabés, cantan por la lluvia, vos también sos parte de esto, que no se te olvide”-y partió- lo confieso, me dejó mudo, un remolino de ideas prosiguieron a ese gesto tan natural de su parte y no creo que de mi parte lo olvide jamás, justo en ese momento pensaba yo en lo absurdo de toda esa unión, ¿qué objetivo tenía realmente?, ¿para qué tanta lucha?, ¿qué hacía yo ahí?, siempre fue un desafío. Sea como sea, Joanna, sin ser siquiera compañera de grado, me dio esas palabras que tanto ocupaba en ese instante de duda y lucha interior.

El que los resultados posteriores hayan sido buenos o malos para nosotros es tan relativo y si quisiéramos irrelevante, ahora entiendo que hubo inmadurez de mi parte, algo así como una historia olvidada de adolescencia, los tiempos han cambiado y un día mi máximo mentor me dijo: “serás grande, pero no aquí...” -eso nunca lo entendí, pero aún sigo cabalgando por donde voy- por mi parte estaba consciente que me encontraba compartiendo el día a día con lo mejor de lo mejor, en ese sentido esa casa sería como una alusión al Olimpo, o un “reality show” de muy mal gusto por cierto, pero bueno ya son 10 años después caminé por esa calle olvidada entre sueños.

Contaba los pasos que me conducían a la entrada principal, ahí cuasi apartado del mundo, con el paisaje petrificado, lejos de casa, con un sueño sin dirección y por poco olvidados de la sociedad en el confín del mundo. Olvidé como siempre decir gracias y el sueño se extinguió dejando atrás los ecos de aquellos que en algún momento compartieron conmigo esos instantes. Pero recordé cómicamente que justo a la entrada yo añoraba poner el rótulo y pensé en lo mal que se vería, pero que importa, sigo sosteniendo que ahí debería existir mi rótulo ideado durante los recreos.

Lloré entre sueños, detesto cuando esto pasa porque el enjuague de las lágrimas deja al descubierto la indolora cotidianidad de mis ojos cansados ¿en qué momento dejé de vivir? Los tiempos han cambiado y tal vez las dificultades y la madurez del niño sean otras,-hoy afrontaría ese desafío en forma distinta, eso es cierto- pero es imposible retroceder el tiempo y las páginas hoy amarillas de esta historia se pierden entre el cantar de las aves, recuerdo también las clases de cultura física, corrí tanto que un amigo alajuelense me puso el mote de “gacela”.

Corrí entonces, sin que nada ni nadie me detuviera, sin que nadie me diera alcance, huyendo de mí, había esa parte que me temía y no me cayó mal esa denominación del noble hijo de la ciudad de los mangos. Fue un impulso extraño, algo así como la sobrevivencia ante un peligro inminente. Ni el dolor, ni el sufrimiento podían ya a partir de ese momento arrebatar mi indiferencia por todo, ahora que lo veo mucho tiempo después infiero que eso fue una especie de negación interior que me llevó a odiar en silencio, a matar lentamente, a dejar las voces y los ruidos sin que nada me hiciera volver atrás.

Los años pasaron, sociedad tribal se fundó y ahora un intercambio rápido de miradas preceden a la evasión de diálogos y al desapruebo gestual. Un día mis compañeros y yo debatimos algo en torno a ese sitio “Ese sitio cambia a cualquiera que entra en el: para bien, o para mal. Pero lo cambia...” ese fue el razonamiento y esa fue la conclusión y creo que no nos equivocamos. ¿Para qué diálogos si existe la historia?, ¿para qué la historia si existe el monólogo?, ¿para qué el monólogo si existe el recuerdo?, ¿para qué el recuerdo si no se puede volver atrás? Y si no se puede volver atrás ¿para qué el sentimiento?

Muy en contra de lo que afirmé en varias ocasiones, asisto a diversos funerales, tal vez en vida nunca creyeron que yo iría a su funeral, -tal vez ni siquiera creyeron en mí - no soy de decir “lo siento” porque la verdad es que no lo siento, tampoco fui el ejemplo dentro de los ejemplares, no, simplemente estoy ahí por simpatía y un sentimiento de afecto y gratitud infinita hacia aquellos que en algún momento me enseñaron algo. Analizo las cosas y pienso de seguido que la vida es un eterno funeral, un eterno remplazo de esas piezas gastadas por el tiempo, entre esos sobre los que construimos la historia cotidiana y esos que al aprender de nosotros un día nos sustituirán.

Y salgo de esa sala que me ahoga ante las miradas atónitas de quienes me observan y parecieran reprocharme mi indiferencia y mi falta de sentimiento. ¿Qué desean, que me suelte a llorar? Tal vez se trate de mi propia muerte anticipada, me dije en silencio antes de ir a caminar por las desoladas callejuelas aledañas y en ese caso empiece a recordar aquellos lejanos tiempos donde la melancolía se manifestaba explícitamente en mi rostro y donde el adiós nocturno a unos desconocidos puso fin a ese año lleno de reveses y contrariedades de adolescencia, tal vez sea una treta del tiempo, después de todo ya me conocen.

-mi propia historia de navidad-

2 comentarios:

Gaby dijo...

me hubiera gustado conocerte cuando éramos colegiales

Suricato dijo...

mmm he cambiado tanto... no creo mon amie