jueves, 15 de enero de 2009

La ninfa verde... O la historia de una pasión sin límites.


La ninfa verde... O la historia de una pasión sin límites.

Por: Suricato

Llegó sin decir nada, justo en medio de la noche y él la escuchó como a todos esos seres de fantasía que le brindaban visita durante las madrugadas desde hacía muchos años. Llegó a sus sueños y a su mundo real, tal vez a velar durante su travesía nocturna; o bien consciente que está vez lo encontraría en una temporada perpetuada de insomnio y era el momento adecuado para hacerlo. Llegó con todo y ese majestuoso aroma que se apoderaba noche a noche de esa: su enorme y desolada habitación. Llegó triste, melancólica, sola, silenciosa como siempre... y corrió el riesgo por primera vez de rozar suavemente las tibias falanges que se asomaban entre el pliegue de las cobijas, ahí estaba ella. Llegó espléndidamente bella y radiante en su ronda nocturna, tan fiel como siempre, en la visita acostumbrada a un ser aparentemente insensible y maltratado por los años.

Ella no supuso que él sujetaría su cálida y delicada mano de ninfa y la sostendría contra aquel pecho mortal y por ende tembló al instante, la sacudida fue tal que se extendió por todo su cuerpo, al tiempo que dio un revoloteo fugaz con sus alas, como el de un pichón que intenta liberarse tontamente al haber caído en una trampa; el movimiento instintivo de las alas iluminó aquella habitación con una lluvia de luz en forma de gracias chispitas: "no temas" -le dijo él, suavemente al oído- "¿siempre has estado visitándome, verdad?",ella no podía hablar como los humanos, pero asintió con la cabeza al instante. Él la abrazó tiernamente y la sentó en sus regazos para asegurarse que no escaparía, al menos no sin observarla detenidamente e impregnar su memoria de ese dulce aroma. Ella dejó de temblar al sentirse en sus brazos, en un instante, aquellos brazos le brindaron mucha seguridad y por primera vez ambos fueron cómplices de la larga noche, la eterna compañera y verduga de las mentes solitarias; como sea, ahora la vida tenía sentido para ellos dos.

La atrajo despacio hacia él. Ella, más calmada, reclinó lentamente su cabeza contra su pecho erguido hasta recostarse por completo a su lado; él la soltó para ver si decidía escapar, pero no, más bien ella respondió de seguido deslizando suavemente sus brazos alrededor de su cuello y cerró los ojos con una complaciente sonrisa... al poco tiempo ella quedó dormidita junto a él. "¿Pobre, debes estar fatigada?" -balbuceó entre dientes él, intentado no despertarla-... "me encanta la idea de tenerla junto a mí, es tan perfecta" -pensó él-...mágica y bella, así era ella. Él se preguntaba asimismo ¿Cuántas veces ella habría intentado comunicarse?, ¿cuántos kilómetros habría viajado para llegar a su habitación cada noche?, ¿cómo haría para conservar ese aroma para siempre? Eran demasiadas interrogantes en esa cabeza, pero él solo quería vivir al máximo ese instante, no sabía cuanto tiempo duraría, pero el hecho era vivirlo a plenitud.

Quedaron en esa posición largo rato, él recorría con sus dedos sus alas de nácar y plumas. Todo era perfecto, ella era perfecta, una diosa caída del cielo; pero él no era perfecto, un sentimiento de pasión y ansiedad por abrazarla se despertaba en él, no deseaba transgredir la confianza y afecto mostrado por su ninfa, no, era muy pronto... Pero hubiera dado todo por ser inmortal como ella y consagrar el resto de sus días junto a ese ser que en un instante hizo rebosar su corazón. Reconocía ese aroma, era el aroma de todas las noches, lo había sentido por primera vez cuando era un niño y la sensación olfativa de felicidad era resguardada sigilosamente en su corazón desde entonces. La quería para él, eso estaba claro y nada lo atormentaría más que el hecho de no poder hacerlo.

Ella dormía plácidamente y los dedos de él recorrieron suavemente el contorno de aquellos labios carnosos y que irradiaban pasión. Pobre, el cuerpo de la ninfa ardía en fiebre, se dio cuenta al instante en que se aproximó para besarla, no había hecho contacto cuando sintió el calor irradiado del cuerpo de la ninfa. Tal vez estaba enferma... ¿podría una ninfa enfermarse? Él no era médico y mucho menos sabía lo más mínimo sobre ninfas, él era especialista en lenguas y literatura contemporánea, no doctor. Con costos, siendo muy pequeño, él había escuchado algunas historias sobre hadas y ninfas que le contaba su tío, justamente fue para esa época cuando comenzó a recibir la visita de estos seres mágicos por las noches; valga decir, seres que su psicólogo insistía en describir obstinadamente con un falso sentido racionalista como alucinaciones y paranoia. Él ya había determinado no volver nunca más a una consulta con ese infeliz...

"No es tan fácil, ¿qué hacer?" -se cuestionó- si efectivamente su querida ninfa estaba enferma no podría llamar al doctor Treviño y decirle: "doctor, disculpe que lo llame en la madrugada pero es una emergencia, sé que no me va a creer pero fíjese que la ninfa que me visita desde niño está muy enferma... pero por favor no le diga a su colega, el psicoanalista, porque me va a decir que estoy loco". El caso es que aquello era una situación complicada, definitivamente eso le restaría credibilidad y sería un peligro inminente que alguien más conociera sobre la existencia de su bella amiga.

Ella ardía en fiebre y ardía en pasión, le ofreció agua y ella empapó sus labios con la misma. Ahí, recostada en su cama ella tomó la mano que un instante antes le había ofrecido el vaso con agua Ella lo atrajo hacia su cuerpo sensual, tal vez eso quería, simplemente que estuvieran juntos, recostada en aquel pecho mortal, ella jugueteaba con una cadena que colgaba del cuello del mortal, había sido un regalo de su madre, se la había dado al despedirlo del aeropuerto hacía ya más de seis años. Ese objeto le causaba tal admiración a la ninfa que con un movimiento suave él se lo desprendió del cuello y se lo puso a ella.

Ella estaba feliz, pero a él le preocupaba el hecho que estuviera enferma y esa fiebre no era normal, de eso estaba seguro.

"¿Qué haré yo si ella desaparece?" -se cuestionó-, había sido su única acompañante durante todos estos años, ella lo había observado durante las largas horas de estudio, ella había velado sus sueños y sus no sueños, ella estaba ahí siempre y él lo sabía cuando percibía ese aroma, una fruta exótica, dulce, exquisita y suave. Sus horas de libros, escritura y apuntes ya jamás serían las mismas si no eran con ella, quería retenerla junto a él; quería que se quedara ahí con él para siempre; para siempre con él, ese era su sueño... buscarían algún confín alejado del mundo, un lugar silencioso e ideal para amarla. Sí, eso haría y era lo que había soñado desde niño.

La tierna ninfa posó sus cálidos labios sobre los de ese niño al que un día había seguido hace muchos años, ella se había enamorado de él, desde niño supo que su aura no era ordinaria... y por primera vez él cerró los ojos al dar un beso: la amaba, deseaba que ese momento fuera eterno, quería que durara para siempre, él la amaba con todas sus fuerzas y estaba seguro de ello...

Y el beso duró largo rato, tal vez horas, pero ella iba perdiendo fuerzas y se desvanecía por momentos al estar con él, por segundos perdía sus fuerzas y quedaba débil, casi inerte; él comprendió entonces que su deseo de poseerla como un objeto era la causa de su desgracia. No comprendía muy bien la lógica de esa reacción, pero tal vez se debía a que la naturaleza de un imperfecto humano es incompatible con la belleza de la ninfa. Quiso ser Hércules, quiso ser un olímpico...Hizo algunas pruebas para comprobar su hipótesis, fue a por un vaso de leche caliente y al volver ella estaba más radiante, él se aproximaba hasta tocarla y ella terminaba por desplomarse en su pecho completamente sin energías. Eso no podía estarle pasando a él, tenía que existir alguna manera de estar juntos, ¿pero cómo?

Nunca había creído en lámparas maravillosas, ni en milagros del cielo. No porque no quisiera creer, sino porque prefería mantenerse alejado de esas áreas. Ahora, por primera vez encontraba al ser adecuado en su vida y la naturaleza de los cuerpos le condenaba a separarse de su amada. Era como una maldición que él había recibido no sabía exactamente por cuál error, o por qué designio malévolo de los dioses.

Decidió dejarla descansar y que ella recuperara fuerzas. Le dio un beso en la frente y pasó la noche lo más cerca que pudo de ella sin tocarla pues la dañaría. Veló durante toda la noche al tiempo que admiraba su perfecta cabellera. "Esto debe ser un sueño" -se dijo varias veces- para comprobarlo se pellizcaba el brazo, se daba pequeños golpecitos en la cara y se lavó el rostro con agua helada en varias ocasiones. Pero ahí seguía ella, descansando tranquilamente. Mientras no la tocara todo estaba bien, ahora sería él quien velaría por ella el tiempo que le quedara de vida. Ella respiraba tranquilamente. Sí, así lo haría, cuidaría de ella durante el resto de sus días. Dudaba sobre si había o no alguna forma de tener contacto directo con ella sin debilitarla... filosofó sobre miles de aspectos similares y amaneció.

Nunca había escuchado nada concreto sobre ninfas ni musas, durante la noche estuvo revisando un libro -afortunadamente su biblioteca personal era enorme y había en ella miles de títulos que ni siquiera él conocía-, uno de los escritos hablaba sobre las ninfas entre los paganos: decía específicamente que cuando ellas desean jugar con nosotros se pueden manifestar de diferentes formas; por ejemplo, cuando una pequeña pluma cae por el aire e intentamos atraparla pero esta se escapa, en realidad son ellas invitándonos a jugar. También decía que preferentemente juegan con los niños y no así con los adultos, eso último le hizo dudar un poco de su status de adulto...él había luchado tanto para crecer, no podía creer que a pesar de todos los años pasaron, la obtención de títulos, el trabajo y todo lo demás... ante los ojos de una ninfa él seguiría siendo un niño.

En todo caso, él dudó del escrito y del escritor, ya que quien sea que haya escrito esas páginas seguramente no habría tenido algún tipo de experiencia ni con hadas, ni con ninfas, ni con musas u otro ser. Él seguía haciendo estimaciones sobre su futuro, con su amada cuando la ninfa se puso en pie sin que él la sintiera. Se aproximó a su silla y lo abrazó tiernamente rodeándolo con sus brazos por el cuello... "la única que lo había abrazado así era su madre"-pensó- al mismo instante sonrió por la muestra de cariño recibida; sí, eso era, si alguien podría tener la respuesta -o al menos alguna idea- sobre la duda que lo acongojaba en ese momento era su propia madre, ella se encontraba a miles de kilómetros de él, pero una llamada telefónica bastaría para realizarle la consulta.

Tal vez sea conveniente hacer un paréntesis para contar al lector la historia de la madre de nuestro protagonista; resulta que desde la infancia de la misma siempre le fueron conferidas facultades extraordinarias; a tal grado que los compañeros de generación murmuraban a espaldas de ella que era una especie de bruja y de hecho, en cierto modo sí tenían razón: ella tenía varios dotes como la interpretación de sueños, era capaz de reconocer cuando alguien mentía o decía la verdad con solo sentir su energía a distancia y también podía presentir lo que iba a pasar, sobra decir que era una experta en plantas medicinales... y desde hacía algunos años se había dedicado devotamente a la iglesia católica, algunos aseguran que era capaz de comunicarse con las almas en pena y era muy buscada por la gente para que intercediera en donde se le requería con la idea de orar.

En todo caso, él -su propio hijo- tenía mucho de no hablar con ella, nunca había sido muy sentimentalista y sabía que su madre siempre estaba muy atareada en la vida de la iglesia. Pero la llamada no le alegró mucho a la madre, más bien parecía que ya sabía que un día ocurriría... Desde que él se mudó a esa vieja ciudad casi que perdieron toda comunicación. ¿Le ayudaría ella en este caso?

La madre había experimentado varias cosas en su vida; por ejemplo en la ciudad donde nació su hijo -esto ocurrió en una centenaria ciudad de México- ella habitaba en una casa muy antigua donde se decía que había un tesoro escondido. En una noche de tormenta ella sintió una presencia maligna que le amenazó con hacerle daño al pequeño; ella gritaba y el pequeño -el mismo protagonista de la historia- preguntó muy inocentemente ¿mami, quién es ese señor? la señora no podía ver el espectro, pero aferraba a su hijo contra sí. De esta experiencia la señora sabía que el hijo no recordaba nada, pues estaba muy pequeño en ese momento, pero la madre había guardado el recuerdo ya casi por tres décadas, en ese momento el hijo tenía solo dos añitos.

Ella como madre nunca había enfrentado ninguna situación que tuviera que ver con ninfas, ni hadas; sin embargo, ella cargaba consigo y con su piadosa vida un amplio historial de fenómenos paranormales, que -valga decir- la mayoría habían sido resguardados en el tiempo y posteriormente habían quedado voluntariosamente en el olvido. Recordemos a continuación la más significativa de las tradiciones familiares:

Una de estas situaciones la vivió en la casa de su madre, es decir, la abuela materna de nuestro protagonista... Era una lujosa mansión de cuatro plantas, ella -la madre del pequeño- estaba dormida en una habitación donde uno de los tíos del protagonista -en ese entonces un adolescente de 17 años- aparentemente había hecho un pacto con los gnomos y en la mitad de la noche, los había conjurado para que fuesen sus sirvientes. Toda la madrugada hubo concierto gratuito de terror, específicamente todos escucharon un trenecito de juguete que se paseaba por toda la casa, golpes fuertes a las puertas incitando a que abrieran, gritos de dolor, la vibración de los grandes ventanales, el sonar de los teléfonos consecutivamente, voces, cadenas, cucharas y platos, vidrios rotos, monedas... en fin aquello era un macabro festival del cual ella había guardado un recuerdo muy vivo, sabía que eso, fuera lo que fuera no la dejaría tranquila, ni a su hijo ni a los suyos, fue por eso que decidió integrarse a la iglesia católica.

A la mañana de siguiente de esa clásica e inolvidable noche conocida en el ámbito familiar como "la noche de los trenecitos", la familia decidió llamar a un sacerdote para que echara agua bendita, encendiera unos sirios y rezara por el orden de todo. El cura se percató que algo no estaba bien en esa casa y su primera reacción fue examinar una imagen de un Sagrado Corazón de Jesús. Cuentan la historia que ese cuadro tenía pintada una mano de cerdo en lugar de la mano del Cristo, asimismo se dice que la gente se mareaba al verlo y sentía ganas de vomitar y que no importaba desde que posición se estuviera, siempre los ojos del Cristo estaban fijos en la persona, como si la siguieran. Además ese Sagrado Corazón parecía burlarse de la gente, tenía una risa macabra. El sacerdote afirmó que esa risa era la risa del maligno que se burlaba de todas las desgracias de la familia. Costó mucho quemar esa imagen, un olor a cloaca se destapó cuando la imagen se consumía en una pequeña fogata improvisada en la terraza de la casa.

El cura no se limitó a eso, llamó a un equipo de ministros para que lo auxiliaran en la ardua labor de recuperación en aquella casa del maligno e hizo algunos exorcismos, la madre del niño aferraba a este contra sí y le tapaba los oídos y los ojos para que no viera ni entendiera nada de todos los horrores que pasaban en la casa de la abuela; dicen los familiares y quienes presenciaron la escena, que salieron varios enanos apestosos y que el cura los perseguía por toda la casa con el agua bendita, estos le pasaban por debajo de las sotanas y saltaban por todos lados, hasta que se escaparon por una pared pues aparentemente el agua bendita les quemaba la piel. Dicha pared quedó marcada con unas curiosas siluetas de hombrecillos -valga decir, esa curiosa mancha todavía está presente en esa casa- cuyo contorno se demarcaba por el papel tapiz que se veía quemado a su alrededor.

Muchas historias guardaba la avejentada madre en su corazón; la afligida madre del protagonista, había analizado desde sueños hasta participado en múltiples exorcismos después de haberse integrado activamente a la vida pastoral y ministerial de la iglesia católica. Su vida dio un giro después de lo de los trenecitos... ya nada sería jamás igual. Muchas, historias por contar pero por desgracia nada relacionado con ninfas verdes y románticas en su amplio expediente. ¿En qué podría ella ayudarle a su noble hijo?

El hijo por primera vez sentía que su madre le fallaba en algo; la voz de la madre por el auricular se escuchaba como preocupada por algo más, era como si conociera un secreto mayor, pero el hijo pensó que era por todas las experiencias pasadas como la del espectro o la del trencito. Él no las había olvidado jamás, pero para no inquietar a su madre había decidido hacer de cuenta que eso no existió jamás para él, sí él recordaba cada detalle de esas aventuras, pero siempre tuvo un temperamento del cual los mismos adultos se maravillaban. En el fondo de su corazón se sintió un poco desilusionado, pero solo un poco, creyó que encontraría la respuesta; siempre le había cuestionado a su madre sobre diversos temas metafísicos y había encontrado en ella una respuesta certera.

La madre no se preocupó mucho, en el fondo ya lo presentía; más de tres mil kilómetros la separaban de su amado hijo y pensó que ya era mayor para ingeniárselas solo y efectivamente: el tiempo había pasado y el pequeño ya era todo un académico, respetable investigador y docente en una prestigiosa universidad; "ya no estaría a la par de él todos los días para aconsejarlo" -pensó la madre-,... pero al menos se quedaba tranquila porque él era todo un profesional y era poseedor de una educación envidiable.

Antes de despedirse la madre dijo algo en otra lengua, el hijo que conocía varias lenguas y se había consagrado a la lectura de textos antiguos jamás había escuchado a su devota madre decir una sola palabra en otro idioma que no fuera el castellano o las oraciones cotidianas en latín. Eso que su madre había pronunciado era árabe y fue dicho de una forma completamente natural, decía explícitamente: "si amas algo déjalo ir; si vuelve, fue tuyo; sino, nunca lo fue" y para el todo estaba claro ahora.

"Mi bella" -dijo de seguido- "no entiendo por qué pero la naturaleza insiste en separarnos, por más que lo intento no logro entenderlo, quiero que sepas que eres todo lo que he soñado y que mientras yo viva tu reinarás en mi corazón que hoy rebosa de ilusión al tenerte cerca de mí, pero si estás junto a mí desaparecerás. Te regalo mi vida y mi corazón, pero si tu mueres mi vida no tendrá más sentido" deseo lo mejor para ti.

Una lágrima resbalaba del rostro de la ninfa, aquello que ella había vivido también era mágico, tantos años para cosechar ese amor y darse cuenta que era un amor en apariencia imposible. Deseaba expresarle tantas cosas, ella también correspondía a sus palabras y era consciente de su debilidad y al mismo tiempo su afección por aquel humano, esto ocurría cada vez que estaba en contacto con el mortal, cada vez que se sentía entre sus brazos, cada vez que escuchaba el latir de ese corazón.

Ella lo abrazo y juntos se fundieron en un amor fraternal, decidieron que el amor era más fuerte que cualquier otra fuerza contraria del universo y ahí nadie los pudo separar jamás. Inamovibles se fueron extinguiendo como una sola masa hasta desaparecer. Dicen los brujos de las montañas que su esencia quedó viviente en el fuego y el aire, mientras que el símbolo de su amor es el sol y la luna. Ellos lo justifican de la siguiente manera: dicen que el aire llega a consumir el fuego, pero al mismo tiempo lo aviva y lo vuelve más fuerte, como un amor imposible. En cuanto al sol y la luna fueron se comenta que fueron condenados a vivir separados, pero siempre existe el momento mágico donde los cuerpos se funden en uno solo y alcanzan el sublime orgasmo universal. Un momento mágico que siempre será recordado por todas las civilizaciones venideras.

Muchos creerían que esta es la adaptación de alguna leyenda antigua a la vida moderna; tal vez reconozcan elementos de alguna de esas que se trasmiten por tradición oral y se van deformando de lengua en lengua. Pero al protagonista de esta historia no hace mucho que me lo encontré por última vez en un vagón del metro en el Distrito Federal, hace 9 años si acaso... él se dirigía para su casa, toda la semana había tenido insomnio...


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Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva
Universidad de Costa Rica

8 comentarios:

Gata Negra dijo...

Que bonita historia :) me ha recordado a mi duendecillo que de vez en cuando aparece por la noche para darme las buenas noches...

:)

Gaby dijo...

a mí me da algunas ideas

Suricato dijo...

que buenos los duendes ;)

Gaby dijo...

¿Qué se ocupa para ser una ninfa?

Suricato dijo...

no sé...¿orejotas?

ñ_ñ

Gaby dijo...

idiota

Suricato dijo...

tu espejo

Gaby dijo...

grosero!