lunes, 10 de enero de 2011




Semiología o el estudio de los signos

Fernando Alejandro León Avelar

Dentro de la lingüística, la interpretación de los signos recubre una importancia trascendental. Las primeras comunicaciones del hombre se dieron mediante dibujos y muy probablemente antes de las palabras, se haya impuesto algún sistema de gesticulación o muecas para intentar trasmitir los mensajes básicos entre los individuos. Se habla de una codificación en tanto la relación entre significado y significante es convencional. Para designar el objeto-concepto “manzana” el español designó manzana, el francés “pomme”, el inglés “apple” y el latín “malum”.

Se habla de una motivación basada en la convención, es decir, contemplando de antemano la arbitrariedad del signo, ningún usuario aislado podría proveer una modificación por sí mismo en la relación entre significante y significado, pues ante todo la lengua es un fenómeno social y de comunidad. Una interrogante interesante se podría desprender de este punto: ¿qué puede hacer la normatividad (digamos la RAE) ante un uso o asociación conceptual ‘incorrecta’ pero generalizada por una mayoría?

Concebimos polisemia y monosemia en tanto un significante puede eventualmente asociarse a muchos o un solo significado respectivamente. Por otra parte la denotación está constituida por el significado objetivo de las cosas, en tanto la connotación responde al significado subjetivo. Los lenguajes científicos suelen ser monosémicos por excelencia, en tanto que en dominios como la poesía o en el arte, la polisemia aparece ante las múltiples opciones de interpretación posibles.

Las señales también son una fuente inagotable de signos y significantes. Dichos códigos poseen la doble exigencia: por un lado ser sustitutos del lenguaje y poseer una significancia reconocible fácilmente. Por ejemplo, con las señales de tránsito. Pues es gracias a los signos y entorno a la interpretación de ellos que se organiza la sociedad.

Bibliografía
-Saussure, Ferdinand. “Curso de lingüística general”. Fontamara, 1987. pp. 85-97
-“La verdad prevalece en el océano del creador, somos una gota de agua” .̇.

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