martes, 14 de febrero de 2012

La tentación




Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.
Después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre.
Se le acercó el tentador y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.
Mateo 4:1-10

La tentación

Hoy escribo las líneas más tristes y pesadas de este camino personal. Tantas emociones en conflicto me avasallan indignamente el alma sin poderlo controlar.

¿Dónde quedaron mi fe y mi optimismo? Eso me gustaría saberlo sin lugar a dudas. Hoy no sé qué hago aquí, sentado frente a una antigua plaza taurina abandonada; taciturno, todo parece estar aislado, sin sentido y vacío, como vacío se encuentra mi interior al toparse con esta realidad de tristeza y desolación.

Las moscas vuelan sin parar alrededor mío; ciertamente son animales viles y despreciables como despreciables son mi condición actual y el sol supremo que las alborota. El calor del astro penetra en las carnes expuestas: arde como si fuera ingratitud de esa que mata y daña lentamente en silencio.

Intento escribir mi historia mas no puedo, intento recordar mi pasado mas no debo; la ceguera de mi ser cambió la percepción que tenía de las cosas, tal vez sólo fueron minutos, pero supe lo que es estar ciego. A partir de ese momento, cada recuerdo me carcome el alma más y más. En el fondo considero que tal vez todos somos de la misma carroña.

Un día en la multitud no vi nada más que el contorno de mi propia silueta que se extinguía en su propia luz e impotente tuve que preguntar dónde estábamos. Aunque esa experiencia duró sólo minutos, para mi fueron horas de transición, agonía y entendimiento de mi propia existencia. Tal vez todo cambió en ese momento y comprendí que hay ciegos que nunca han visto teniendo sus ojos en perfecto estado, comprendí lo que era la ceguera mental.

No es la soledad la que me espanta en las noches de frío, es el espectro de mi propia presencia y mi respiración acelerada al pensar en tu pecho desnudo que enciende mis pasiones ocultas. No es el partir, o el quedarme lo que me aflige, sino el ser consciente del hecho que realmente nunca me he ido, ni he conseguido esa paz y tranquilidad en antaño tan prometidas.

A esta hora en que el sol está a su máximo esplendor, transito solitario por calles desiertas y enmudecidas por el pasar del tiempo, en teoría en alguna ocasión las personas peregrinaron multitudinaria y fielmente por aquí. Tal vez si hoy me vieran amenazante como me encuentro en este camino, dudarían de mi estirpe guerrera, así como visto preponderantemente de negro creerían que se trata del mismísimo demonio que se les aparece para tentarlos y, siendo sincero conmigo mismo, pues sí, soy y alimento mi propio demonio.

Casi sin quererlo he hecho todo lo que se tendría que hacer para ser considerado uno de los peores engendros de Satanás, no se me cuestionaría ni me avergonzaría el admitirlo, es más, de eso estoy seguro. De este modo, Señor Jesús, hoy no busco tu camino salvador de prédica, de redención, ni tu perdón. Sólo quiero negarte el placer de mi silencio apático y contemplativo a través del tiempo.

…Siento pena y vergüenza por mí mismo y por mi alma abandonada, la luz ya no entrará más por mi ventana, ni iluminará mi camino. Sólo tinieblas habitan mi corazón. Triste, pues día y noche son sinónimos para mí. El aire caliente se mezcla con mi aliento y con mi presencia perfumada cuando pienso al instante que el veneno corroe todo aquello con lo que está en contacto. No creo que sea un error, es cuestión de naturaleza, tiempo y espacio.

Señor Dios de los cristianos: ¿existes, o eres sólo un producto histórico apaciguador de las conciencias? Subyugas la razón emancipando la penitencia. Hoy, no sé si debí volver a este lugar en mis sueños visitado, no sé si debí comenzar esta historia que ahora terminaré sin que exista cuestionamiento posterior al respecto; no sé si un día alguien al identificarse con estas líneas terminará cumpliendo sus sueños, sus metas, sus pasiones y logrará al fin cruzar el Rubicón tal y como yo lo hice en osadía nocturna ante el beneplácito de los dioses romanos.

En cualquiera de los casos, el optimismo positivista me ha llevado siempre a poner en marcha los proyectos más disparatados a la vista de los demás y siendo sincero conmigo mismo: no me arrepiento de nada. Todo fue aprendizaje. Inclusive las experiencias más amargas sirvieron para darme esa fortaleza de espíritu que tanto necesité en el camino.

El amor es cruel, pero es el amor. No sé si fue realmente por amor o por desamor, impotencia o negligencia que todo esto comenzó. La peregrinación personal y el camino a seguir poseen muchas aristas y hoy ya ni siquiera me interesa descubrirlas todas. De hecho, ciertamente no sé cuál fue la hebra que desató toda esta aventura. Sólo reconozco que la aventura comenzó en algún momento y a partir de ahí fue como un gran tejido que se deshiló hasta la última hebra.

Los rayos del sol, casi de manera vertical, golpean mi cuerpo en su totalidad. La principal de las contiendas consiste en que en algún momento dado uno de los dos se dará por vencido: el sol, imponente y radiante, desaparece y se oculta en el horizonte, o bien seré yo, pedante y prepotente, el primero en caer a causa de la insolación y la deshidratación de mi cuerpo.

Me encuentro entonces peleando en este desierto olvidado por Dios. Apostemos algo, señor de los creyentes, en la medida en que igual moriré un día y ya todo lo que haga no tiene razón ni sentido; moriré, es mi condena, pero no lo haré sin haberte desafiado. ¿Tú que tienes que perder Dios? ¡Dime ahora! ¿Será mi destino? ó simplemente mi camino forjado con esmero y dedicación.

Tal vez he amado en silencio o quizás nunca lo he hecho realmente. Será esa la pena de mi pasado jamás encontrado, o el auxilio divino de mis días venideros en el suplicio.

Al escribir estas letras mis lágrimas de ira y furia se evaporan y rebeldes al suelo no caen, así llegan al cielo en lugar de terminar gloriosamente su misión aquí en la tierra. Ellas desafían la gravedad y en cierto modo te desafían a ti. Después de todo: “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Padre nuestro, que estás en los cielos: ¿quién eres? O mejor aún, ¿quién dices ser?, ¿Estás realmente en el cielo?, perdón pero ¿Quién te dijo que eres nuestro padre?

Tú señor que afirmas ser omnipresente, omnisapiente y omnipotente. ¿Por qué no estás aquí?, ¿Por qué he de contarte mi historia a ti y a los hombres? No me hace falta describir cuánto te he buscado, tal vez no haya palabras para expresar lo mucho que caló en mí tu efímero recuerdo: hoy borroso y casi olvidado en ese espacio que llamamos tiempo. ¿Recuerdas cuando de niño repetía cada noche tus plegarias, recuerdas cuando no me cuestionaba absolutamente nada de nada? Hermosos eran los tiempos e insensatas las realidades.

¡Qué un diluvio caiga sobre mi! Porque sabes, ya no te temo. De pequeño repetí hasta el cansancio eso que llamas el Padre Nuestro y me inculcaron que si era malo iría directamente al infierno. En alguna ocasión lloré cuando me dijeron que las personas se iban al infierno. En alguna ocasión mis lágrimas se derramaron cuando me dijeron que si no se cumplía lo que decía la biblia y el curita terminaríamos en el purgatorio. Siéndote sincero, siempre tuve maldad en mi interior y hoy no me apena el aceptarlo, casi se podría pensar que me enorgullece mostrarla a los demás.

Estoy harto de tu doble discurso, de las prédicas apocalípticas, del perdón y el amor divinos. Estoy harto de las falacias de tu “Santa Iglesia Católica”, señor de los católicos, sembraste el caos y te admiras de los romanos. Lo siento, de verdad lo siento, tus prédicas y tus oraciones no podrían jamás igualar la unión fraternal que encontré lejos de tu iglesia. El calor de la confraternidad, de la libertad y de la igualdad entre los hombres. Perseguiste por siglos a mis hermanos mientras ellos te protegieron, construyeron el mundo para ti. Idearon un mundo donde todos los hombres fueran valorados por su estatus de hombre y no por su posición social, protegieron tu historia y tu verdad. ¿Ahora qué tienes que decir? No me preocupan las críticas, ni el qué dirán. No me ofende lo que no me supera.

Tu amor excluye a los homosexuales y a todo aquel que piensa diferente de lo que tu catecismo y el Vaticano establecen. Tu perdón representa la expiación de tus sacerdotes proxenetas, corruptos, homofóbicos y pedófilos. ¿Cuál religión es entonces la verdadera? ¿Tal vez la que señala, apunta, dispara y con golpes en el pecho, la que gana más almas para el cielo tuyo? Pues no gracias, con toda la tristeza que alberga mi alma y mi ser en estos momentos, que comience el pacto con el diablo.

Me pierdo en las respiraciones aceleradas y participo en los festines paganos a la diosa clítoris, entre jadeos, besos, pasiones y caricias comprendí que la aspiración humana está condicionada al deseo y a la necesidad sexual.

Jesús, tu madre sería puta un millón de veces si tú y los tuyos no hubiesen reescrito la historia y ¿todo para qué? ¿Qué es exactamente ese pudor puritano que muestra tu iglesia? ¿La imagen de qué devoto santo quieres mostrarnos hoy para el convencimiento de los fieles? No, pobre de tu madre, déjala libre que sienta verdaderamente el misticismo de la paloma y el desbordar de su leche ardiente transitando lentamente en las curvas de sus pechos. Déjala, que con sexo oral y una sobredosis de cocaína sepa lo que es amar realmente al mundo y a la raza humana. ¿Por qué concebir un ser inmaculado cuando la realidad del mundo es otra? Al menos habría más sensatez.

¿Cuántos sacerdotes no habrán violado monjas, monaguillos, diáconos y a otros padres?¿Cuántas monjas al borde de la desesperación no habrán encontrado la libido ferviente que apaciguara sus entrepiernas en el pene de sus confesores? Oh, Dios, mira a tus discípulos fornicando intensamente entre ellos mismos. ¡Cuántas orgías!, ¡cuánto sexo!, ¡cuánto semen y placer desbordado! ¡Pero qué imagen más sodomizante! ¡De qué te admiras y cómo quieres predicar sin el ejemplo!

Cuántas malignas tentaciones y cuánto placer desbordante en los conventos, esa es la realidad de esos penes erectos y lechosos. Mira a tus hijas entregándose al placer de las de Lesbos, ¡Cuántos versos no haría la poetiza Safo ante esas escenas de lujuria y placer! Ahí, con sus pechos desnudos, sus pezones ardientes y deseosas de liberar todo el placer reprimido por años.

La noche permitió la transformación de todos ellos y el descubrimiento de sus pasiones más ocultas, transmutados en felinos feroces, todos pudieron probar las glorias de Eros con el semen sagrado del desierto.

Acaricio tu cuerpo húmedo y tembloroso, te masturbo con la mirada y mi respiración insistente te desgarra la ropa con vehemencia y pasión. Recorro tus pechos sensibles, inspecciono tus pezones a mordidas y lengüetazos hasta vislumbrar tu monte en el que Venus formara un jardín para que le consagremos culto. En cierta forma la diosa nos acompaña y junto a ella formamos un trío de placer y seducción.

Placer carnal, descanso y labor siempre invocados, ¿por qué seguir creyendo en ellos? Con su cruz y resurrección vinieron a matar las conciencias, robaron las ilusiones y a cambio nos trajeron perdón para nuestras almas y evangelización como modo de sometimiento. Nunca más, señor Jesús, nunca más señor cura, de ahora en adelante seré yo el gestor de mi propio destino.

Ya sólo lloro… señor, es tu camino, mi impotencia y tu abrigo.

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