martes, 14 de mayo de 2013

Vitrol



Aedo nocturno, cuenta entonces tu historia, pues historias aprendiste a contar y resulta que cuando las estrellas escasean, el pensamiento debería ser más fluido, pero el corazón reclama y la noche se obscurece sin sensatez alguna al grado que la propia sombra es posible distinguir. Exiliado del Parnaso estás, pero dentro de tu dolor y tu pena la historia de aquel monstruo mitad hombre y mitad bestia, deseamos escuchar…

¡Empieza oh infeliz aedo tus andanzas y desgracias!
-Y así comenzó el notable aedo nocturno, lo que sería su último gran relato…

No es antisocial, sólo guarda sus distancias.
No es que no quiera, sólo lo evita.
No se marchitó, la arrancó de raíz.
No es blanco y negro, perdió su color.
No lo calla, no encuentra las palabras.
No se va, se aleja en silencio.
No regresó, nunca se fue...
No muere, pasa el tiempo.
No lo escribe, lo piensa.
No lo recuerda, siente nostalgia
No son palabras, son puñales en la espalda.
No vive lejos, exige su espacio.
No lo canta, lo anuncia a gritos.
No olvida, ni siquiera se ha perdonado.
No corre, acelera y marca el paso.
No lo quiere, ya ni lo siente…


El laberinto que albergaba al guerrero ya no lo retiene ni lo consume, recorre su espacio y ahora hasta lo llama hogar con simplicidad y nostalgia. Ya no desea pasar las páginas del libro de arena, ni ser liberado de esta vida por espada alguna... de hecho ya comprendió que la vida misma se encargará de las compensaciones y pareciera asumir su estatus actual con cierto grado de optimismo.

Dicen que antes de ser Minotauro se cubría con una coraza y recorrió mares, pantanos y montañas. Sin más se abandonó al abrazo de la nostalgia y la compañía de sus pasos. Mas nunca ya encontró la compañía que contrarrestara el frío crepuscular.

Dejó de creer en princesas, en hilos dorados y cantos de sirenas aladas. Simplemente se dedicó a interpretar el mundo y a la lectura pausada. Fue feliz, vaya que lo fue... pero en su esquema resta sólo el proporcionarle un ápice de felicidad a los que quiere y estima. Maldito dilema, alejarse o herir, tras las columnas del templo escribió en auriazulados trazos un camino de construcción y pensamiento.

Después de todo, siempre logró lo que se propuso y si hubiera querido dejar de ser Minotauro habría lanzado un mito, evocaría la pérdida del origen y al darse cuenta que todo esto siempre fue el Pedregal añorado podría considerar el tiempo como favorable, pero lo único a su favor fueron las lunas octubrinas.

Yo no invocaría a las Musas, el néctar de los dioses puede alcanzar dimensiones contradictorias e hirientes... No cuando ni siquiera se conocen el Origen ni el Oriente.

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