miércoles, 29 de julio de 2015

El indio.




Por: Fernando A. León A.

Cabizbajo, con la mirada perdida entre un mar de pensamientos camina con la garganta reseca, aquí no ha llegado la modernidad, ni las promesas de progreso. Camina solo, en medio de un camino que sus pies lastimados y callosos recorren sin queja ni lamento alguno. Sabe que las amenazas del patrón son muy serias, si la cogida de café no es buena transformarán los cafetales en un campo de golf para los rubios turistas. No es el mejor empleo, eso lo sabe, pero ¿qué otra cosa podría hacer él? Nunca fue bueno para la escuela, la cual ni siquiera terminó, nunca fue bueno para expresar lo que sentía, él está acostumbrado a obedecer y callar. En el pueblo nadie le presta atención, inclusive las señoras regordetas que tanto ayudan en la iglesia al cura, lo miran de reojo, con desconfianza y en ocasiones por encima del hombro con cierto menosprecio implícito.

Parecieran decir: vete indio, qué haces aquí, vete, aquí no te queremos… esos indios son adoradores de satanás y siempre andan con sus brujerías entre manos, pensaría la benevolente señora. Él nunca ha entendido eso de las apariencias y el por qué para amar a un dios hay que despreciar a los demás. El indio se dirige ahora a un galerón oscuro, entra por la puerta de atrás, entre animales y un perrillo que le mueve la colilla a quienes se introducen a la instancia… al fondo se escucha la voz de ñor José con un “vaaaaa”, ñor José se aproxima al indio con un botellón, sin decir nada el indio le da unas monedas y el viejillo sonríe al contar un dinero y sin decir nada regresa por donde vino… el indio toma el botellón y se aproxima a la salida, coloca la botella en el piso por un momento, acaricia al zaguate que mueve la cola, retoma la botella con sus manos y sale de aquella lúgubre estancia. 

Cinco lunas han pasado, eso significa que puede regresar a su montaña para el fin de semana, el indio sigue caminando solo, silencioso y sin que sus pasos se escuchen. Ocasionalmente, ve algunos rostros de jóvenes que ríen en el camino a él le gustaría saber por qué ríen, sigue su su camino, luego de cuatro horas y media de camino bajo la lluvia llega a una choza, su mujer duerme o al menos aparenta hacerlo, el indio no dice nada, ella tampoco, durante ese fin de semana el contenido de aquel botellón disminuirá progresivamente mientras su mujer no sabe cómo decirle, ahora una nueva vida se desarrolla en su interior, ya ha sentido algunos movimientos en su vientre, pero él no le habla, sólo se miran sin decir nada, no es enojo, no es tristeza, simplemente no se hablan. 

Dos días transcurrieron sin hablarse, el indio sale de madrugada, el botellón aquel está vacío, la india llora por otra semana sin poder decirle nada a su pareja, los pies cansados del indio se apuran para otra semana de actividad en el pueblo.    

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